La ventana había estado abierta todo el día. Hacía frío por supuesto, y las cortinas no paraban nunca de bailar al ritmo del viento gélido que se adentraba a través del portal iluminado por el brillo iridiscente de la rotonda lunar. Había un completo silencio, como aquel que visita al errante que vaga solo por un camino oscuro, así sus pensamientos griten, él permanece callado; silencio tan intenso como el que habita los cuartos vacíos.
Una luz roja parpadeante competía en candor con la de la luna; la luz del aviso viejo de neón al cual ya su inservible segunda letra dejaba al viandante leer la palabra "FRMACIA". Ese mismo destello intermitente torturaba los párpados cansados y soñolientos de Ámbar; silencio que martillaba sus oídos, ventana que apuntaba exactamente al sitio que rememoraba su miseria y la traía a dormir consigo.
El silencio era roto cuando Matilda entraba en la habitación de Ámbar.
-Señora, sus medicinas-
Ámbar la miraba despreciándola más que nunca. Odiaba a la india desde sus entrañas enrevesadas con asquerosa obstinación. Era como si no le perdonara su ser, su existencia ni mucho menos sus trenzas tejidas con cintas de colores, ni sus rasgos de aztecas, ni el suetercito de lana... ni sus curvas de nativa salvaje.
Un vaso de agua medio lleno era depositado por la india sobre la mesita junto a dos pastillas blancas, noche a noche; mientras tanto Ámbar en su silencio, dejaba rodar unas lágrimas por sus mejillas. Luchaba internamente con la desesperación de tener que verla acercarse con su rostro tostado hasta la orilla de su cama, con la batola blanca cubriendo las pantuflas de plástico que arrastraba cuando caminaba.
! Que asco... – pensaba Ámbar - ni siquiera sabe caminar con unas malditas chancletas!
De este pensamiento repetitivo, latente e indigestante renacía un recuerdo otrora plácido, el único alivio a su rencor interno: el día de su boda.
En Oporto brillaba el sol para la radiante novia; las flores ya no cabían en la iglesia de tantas, la gente la veía pasar con su vestido impecable de encajes importados; las mesas relucían adornadas con sus cubiertos de plata y los manjares más exquisitos de todo Portugal estaban en el banquete.
Al final del pasillo nupcial un hombre alto y refinado esperaba por Ámbar: Adriano, un empresario acaudalado de las altas esferas de Oporto, se casaría con ella. Entre luces de alegría que la retrotraía al pasado escuchó de nuevo una frase que le pareció amenazante:
-Señora pásese las pastillas que es tarde, está haciendo frío y tiene que dormir... no me obligue a tener que hacerla tragar por la fuerza-
En ese momento su cuerpo inmóvil hervía de impotencia. En ocasiones su rabia era tal que dejaba de respirar voluntariamente casi hasta desmayarse cuando Matilda estaba cerca, sólo para complicarla y verla llorar desesperada sin saber que hacer hasta que llegara el médico.
La india no entendía la necedad deliberada de su señora; si las medicinas la harían mejorar ¿porque ella no accedía dócilmente a ingerir su dosis? ¿Era acaso tan difícil tragar un par de pastillas y dormir de una vez por todas? después de todo ella también debía dormir... esa casa era gigantesca y no se daba abasto para atender todas las labores del hogar ella sola y encima atender a la necia de la dueña cuadrapléjica por las noches también.
Al fin cuando el sopor de la noche y el efecto de las píldoras vencían inevitablemente a la insomne Ámbar, retornaba a su sueño una y otra vez el monstruo abominable del recuerdo aquel: su amado esposo, el incorruptible señor de Oporto, manoseaba morbosamente su deseo mientras observaba de lejos y a través de la ventana de su habitación las curvas pronunciadas de Matilda, quien inmersa en sus inocentes 17 años se bañaba en el patio de servicio de la casona mientras pensaba que nadie la miraba.
Ámbar, mujer histérica, celosa e insegura de su belleza de fémina al ver a su esposo fantasear fervorosamente con las carnes firmes y juveniles de aquella india tan simple y salvaje como repulsiva antes sus ojos europeos, se abalanzó contra Adriano en busca de defender su honor, sin contar con que la ventana estaba abierta. Acto seguido un par de cuerpos yacían inmóviles sumergidos en un cuadro dantesco y doloroso dos pisos abajo fuera de la habitación. A consecuencia de tal dislate producto de los celos y el temor a la deshonra, Ámbar cambió de estado seglar inesperadamente: de casada a viuda, y peor aún, de ser medianamente feliz a postrarse en su lecho nupcial paralizada totalmente de cuerpo, condenada a vivir deseando la muerte; compartiendo su miseria con el recuerdo del cuerpo cálido de Adriano junto al suyo.
Matilda nunca se enteró de este suceso. Atendió a sus amos cuando ocurrió el accidente, se encargó de todos los asuntos funerarios de su patrón y desde ese instante y amparado bajo la ignorancia de su culpabilidad indirecta, cuida a su aciaga señora esperando que su amargura y sufrimiento terrenales puedan ser canjeados en el cielo por paz y sosiego.
Leyla Gabriela Torres Salvatierra


Otra vez despierta... sin una gota de sueño. Disfrutando de la grata compañia de un cabernet que me tiñe los sentidos y el jazz de Ella Fitzgerald... los destellos de luz tocan mi ventana , se arrastran pidiendo clemencia para que los deje entrar a esta fiesta privada , quieren ver como bailo con ellos y con la sombra que nació conmigo y que timidamente se asoma y me imita dibujada en la pared.
Caso: Silencio…

